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Mi amigo el griego

Tengo desde hace ya muchos años un gran amigo griego.

 

Y seguro que está leyendo esto y tiene miedo que cuente aquí cómo nos dejó plantados con un almuerzo hace unos días.

 

Esto lo sé porque me lo dijo:

 

«ESPERO QUE NO SALGA EN UNO DE TUS PRÓXIMOS CUENTOS COMO EJEMPLO DE DESEQUILIBRADO…»

 

Jamás haría eso.

 

Pero sí voy a contar algo que le pasó una vez, hace muchos años.

Y que recuerdo bien, porque fue un gran momento,

de esos de Gente (Des)Equilibrada.

 

Él tenía una de esas historias que uno dice que son de amor, pero que en realidad son de sufrir…Quién no las tuvo alguna vez?

 

 

Primer Acto:

 

Noche de verano. En la calle.

La chica en cuestión, que además vivía en otro país, le había dicho algo por telefóno.

Y fue la última gota.

No hubo retorno.

Él no pudo más.

Había sufrido mucho, demasiado.

Y por fin llegó a un límite.

De verdad.

Sintió muy fuerte es voz interior que dijo:

“Hasta acá.”

“Se terminó.”

Y cortó la relación y la comunicación estrellando el teléfono contra el asfalto.

Soltando por fin, con ese gesto impulsivo y furioso, toda la angustia,

todo el sufrimiento y la incertidumbre que venía acumulando desde hacía mucho tiempo.

Fue como una explosión.

Se liberó.

Y luego… se fue caminado tranquilo, por una callecita de Granada.

Dolido pero aliviado,

sintiendo que por fin iba a abrir sus ojos y su corazón a nuevos horizontes.

Que no perdería más tiempo y energía.

Caminó con aplomo.

Erguido y seguro.

Con cada paso que daba se sintió más fuerte.

Más alto.

Más hombre.

Más maduro.

Más digno.

Más griego.

 

 

Segundo Acto:

 

Mi amigo  en cuatro patas.

Con medio cuerpo metido bajo un coche, ensuciándose los jeans, buscando desesperado en la oscuridad partes de su móvil para recuperar, al menos,  el chip del teléfono.

                                                  

-Fin-                                                                             

 

 

A los pocos días del suceso llorábamos de risa en su piso, mientras me contaba la anécdota.

Porque él siempre entiende bien todo.

Pero todo.

Por eso se puede reírse de sí mismo cuando le toca.

Y porque así funcionan las cosas:

Un gesto imponente como un “¡Basta!”

que rompe un plato en el suelo

Suele estar acompañado de otro,

con escoba limpiando el enchastre.

Un subidón

Un bajón

Con los años he aprendido a valorar las virtudes del camino del medio.

No es que me salga siempre, pero lo tengo en cuenta, lo intento cada vez más.

Y es que no hace falta irse muy a un extremo ni al otro.

Si podemos estar más centrados en general, luego no hay tanto que recoger.

Como leí hace poco:

“No es que menos es más, es que es mejor.”

Aquí de regalo una enseñanza 100% comprobada (atención):

El extremo Yin genera el Yang.

El extremo Yang genera el Yin.

 

Esto es una ley natural.

En Tai Chi uno se mueve pensando en esto. (O debería)

Eso hace que ese razonamiento empiece a estar presente en el día a día.

En general viene bien. Se cuela. Ayuda.

Pensaron alguna vez hacer Tai Chi en la mesa familiar?

(entre un plato y un comentario)

O en el metro?

O en el trabajo?

 

Abrazo de árbol
Mariana

 

PD: Y si aún no tienes el Audio de regalo de Gente Equilibrada puedes apuntarte para recibirlo.